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martes, 17 de febrero de 2009

Sol, playa y fotos - Punto Fijo, enero 2009






A finales del mes pasado nos fuimos el pana René y yo para Maracaibo, a inscribirnos en la facultad de Artes Audiovisuales de la Universidad Cecilio Acosta (después de seis años, ¡de vuelta a las aulas!). Como las diligencias no nos llevaron más de medio día, ni cortos ni perezosos decidimos echarnos otro viaje hasta Punto Fijo. Desde ahí llegamos a un pueblito costero conocido como Villa Marina en el cual había nada más y nada menos que un pequeño astillero abandonado enmarcado por unos paisajes costeros espectaculares. 

Pues bueno, tomé en realidad pocas imágenes, pero todas me gustaron mucho. Aparte de eso, como buen visitante gocho que va a la zona libre de impuestos de Paraguaná, junto a las fotos también me traje cinco botellas de whisky y una memoria para mi cámara jejeje. Espero que en mis próximos viajes a la costa -y en las prácticas de las materias Fotografía I y II de mi flamante nueva carrera por comenzar- pueda traer más fotografías de esta zona tan espectacular de Venezuela… y un juego de sábanas que ya me encargó una amiga (si, si… todo allá es más barato, pero no abusen).

jueves, 15 de enero de 2009

Año Nuevo - Santa Ana, enero 2009





El primero de enero lo pasé junto a los panas Elbert y Alexander en la casa de nuestro amigo Carlos Andrés. Disfrutamos toda la tarde de la generosa hospitalidad de su familia: comimos un hervido buenísimo y carne asada hasta reventar y al finalizar el día nos fuimos a recorrer un camino campestre cercano a su casa, recordando la época de compadres universitarios. Cuando comenzó a caer la noche me encontré con la primera y segunda foto que comparto en esta entrada, por cierto, con las que estrene mi nueva cámara Canon (por fín tengo una reflex digital... yeeeahhh!) 

De regreso a San Cristóbal pasamos a tomarnos unas cervezas frente a la Plaza Bolívar de Santa Ana en un local casi en ruinas, solitario y oloroso a moho de caserón antiguo. Ahí me encontré a la pequeña niña que sale en la tercera imagen, debía tener unos tres o cuatro años y era extrovertida al máximo. Con permiso de su mamá -la mujer que atendía el negocio- le pedí que posara para mí bajo la luz amarillenta de la calle, que hacía resaltar su cabello brillantemente claro. Como premio por su colaboración la dejé tomar algunas fotos (la cuarta soy yo retratado por su tembloroso pulso de fotógrafo precoz). Después de un par de rondas seguimos nuestro camino y mientras nos alejábamos en mi carro, por el retrovisor pude ver a la niña despidiéndose escondida tras el poste de la foto, agitando su pequeña mano. Un día de estos debo regresar a seguir cultivándole el gusto por la fotografía ; )